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| ¡Una Maléfica por los Pagos donde resido.....! |
¡D a d m e U n B u e n E s c o b a z o !
La del lubricán sería, cuando me extravié por una senda cerca del camposanto, un paso agrícola que nunca había observado. Junto a unos algarrobos, observé clavado sobre el sembrado un escobón por el largo mango. Las cerdas eran abundantes y se asemejaban a un inmenso matojo de sarmiento. Lo extraje con mucha fuerza – pues estaba hincado profundamente en la tierra, aspecto que su gran tamaño permitía–y me di cuenta de que era un utensilio muy antiguo, con signos grabados en la alargada madera del mango. Inmediatamente pensé que un anciano conocido que era ebanista y anticuario, quizás me lo comprara por un precio jugoso. Pero, justo en esas componendas estaba, cuando vi venir hacia mí, una mujer madura en ropa interior negra – y eso que hacía mucho frío y viento–y su escasa vestimenta hizo que abriera yo involuntariamente la boca al percatarme del cuerpo escultural que tenía y la belleza de su rostro. Sus senos se bamboleaban al andar y las interminables piernas me tenían hipnotizado. Una cabellera espesa, que le llegaba más allá de la cintura y de color tan negro que parecía irreal, era el broche final que hizo que repentinamente me enamorara de la extraña. Pero ella solo dijo:
–¡Disculpa! ¿Te importaría darme mi escobón de baile?
No supe que decir, pues estaba tan cerca de mí, que advertía más detalles de su anatomía, concretamente de sus grandísimos senos que generosamente casi se mostraban al desgaire, si bien la moza no sentía vergüenza.
–No veo que sea tuyo este escobón, lo he encontrado incrustado en los caballones de este sembrado, y menos aún si dices que es para bailar ¡Eso no existe! Obtendré un buen dinero por él con mis contactos del casco antiguo y las “tiendas de viejo”. Además, lo que necesitas es ropa, no una desusada escoba de la Edad Media.
Y solo entonces, me espetó:
–Mira, inútil. Voy sin ropa porque mis tules negros y el gorro de ceremonias, se me han enganchado durante el vuelo con el campanario de la ermita del camposanto, y a su vez, me desequilibré y vine a tierra en aquellos naranjos que ves allí. Llevo un rato buscando mi escobón y gracias a que te he visto, vuelve a mí. Y sirve para danzar cuando tenemos con las demás conciliábulo, bailes que tú enloquecerías si los vieras.
Por supuesto, asustado, le iba a dar el escobón, pero de repente, me dije que de una forma u otra, me iba a sancionar, no tenía escapatoria, sobre todo al haberme percatado por sus palabras, de que era una ponzoñera alada, hechicera antigua, que sobrevolaba esta región valenciana, donde siempre hemos buscado Ufos, pero nunca ungüenteras pilotando escobas de las que ya no existen, casi biplazas. Como decía, me ví…..¡osado!...y susurré:
–¡Dame un beso y este escobón volverá contigo para siempre!
Y aquella mujer empezó a reírse, desternillándose de risa, casi entre gelasmos de frenopático, un reír estridente, salvaje y muy erótico. A continuación me vi envuelto en su espesísima cabellera negra y todo a mi alrededor era añil y nubes apocalípticas. Y de súbito, sus labios me besaban con frenesí, espaciadamente, sin prisas, narcotizantemente, con mucha prosopopeya y ceremonial, en un ósculo brutal que aportaba a mi paladar un sabor a bosque druídico, pleno de notas de beleño, digitalia, moras, nueces, hidromiel, carne de sacerdotisa, piel de ofrenda humana ante el rogo místico, liquen prehistórico, cifela de viejas pagodas, nepente y por último, vino de Tokay.
Lo siguiente que aconteció, fue que la vi volando a bordo de su escobón lunar, armatoste rumbo al Este, su cuerpo casi desnudo iluminado porcionadamente por las estrellas, tremendamente apetecible en busca de algún nigromante–amante, que quizás estuviera preocupado por su demora al haberse accidentado por esta tierra de buenos cristianos.
Y yo, con cara de haba, pensando, que recurriría a mi ancianete amigo ebanista, pero para comprarle algún escobón similar con el que negociar otro beso por si regresa la belleza morena, pensando que ha dejado un amigo en esta tierra…..





