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| A l l e n d e E l S e s o . . . . . . |
S í
Aquella noche a Sinesio le tocó servicio estático en el acuartelamiento de 22´00 a 06´00 horas. Mal asunto, porque no tenía asistencia de patrulla para mitigar el hastío, la soledad iba a ser completa, y se preveía que no iba a acudir nadie para interponer denuncias, el trabajo ayuda a que transcurran las jornadas de dedicación con presteza. Pero sobre todo, es que él era un guardia civil muy supersticioso. Andaba remugando que era la tercera noche de luna creciente (inadecuada en estos momentos finimarceños por motivos que no quiso explicar) y habló con los nueve compañeros restantes para cambiar el turno, y dado que la mayoría estaban de saliente o de libre, no consiguió lo que quería. Bueno, luego estaba yo, Críspulo, que todo me importaba un bledo, y sin embargo me dio pena el hombre, tan atribulado, tan débil por sus sentimientos arcaicos y folclóricos, y, no lo pude evitar a pesar de mi fama de huraño, y cambié con él la atención militar nocturna de ocho horas. Claro, que yo jugaba con trampa: ¡Me encanta estar solitario y me carcajeo de la carencia de mis semejantes a mi alrededor! Soy irreverente, recién salido de la academia y soberbio.
Sinesio se fue más contento que unas pascuas por la mañana y fui a hacerle el relevo a José María –el guardia civil que prestaba servicio de armas de 14´00 a 22´00 horas– a las 21´45, con lo cual él también marchó su casa radiante por el hecho de que yo fuera tan temprano.
Me llevé la cena guisada por mí en unos platos de los que portamos cuando hacemos maniobras en mitad del monte. Champiñones Strogonnoff, Tostadas con ajo y cecina de León y tres naranjas inmensas. Y para beber, leche.
Después, cumplimenté varias diligencias que el sargento había dejado expresamente; rellené el mensual de masoveros y fincas en diseminado, ordené el archivo, leí las novedades de jurisprudencia del segundo trimestre que estaba a punto de comenzar y por último limpié mi arma corta y la larga asignada porque se aproximaba la visita del brigada de armamento para la revista pertinente.
Solo con estas tareas rutinarias, me dieron las tres de la madrugada.
De pronto, advertí pasos en el piso de arriba. Es algo alarmante, porque en este cuartel no viven familias de guardias, está estructurado para estricto trabajo benemérito.
No le tengo miedo a nada y fui rápido y sin esgrimir mi pistola de doble acción.
En la primera oficina, la del sargento, todo estaba en orden. En la habitación de material y decomisos también. Y justo cuando salí y me dirigía al pasillo hacia el patio de luces, vi venir hacia mí una monja ataviada a la antigua usanza, con un griñón amorrionado extrañísimo y envuelta en una parda luz. Pensé si la leche que había bebido para la cena estaba caducada y me había intoxicado, porque creo que flotaba y lo que es peor, a ella....¡la seguía otra figura envuelta en una túnica y con un sombrero más raro aún, pero cuyos contornos no conseguí apreciar por más que me fijaba!
Me persigné y dije: –"¡Ave María!"
Se detuvieron ambas.
La primera, que era feísima y tenía anormalmente desarrollados los colmillos, me dijo con su voz distorsionada:
–"¿Dónde está Sinesio?"
Me quedé patidifuso. Es la primera vez en mi vida, que no sabía qué decir (¡siempre sé yo qué contar!)
–"Libra de servicio, yo le cambié el turno".
Brillaron los ojos de la sor.
–"Será en vuestro mundo de soldaditos verdosos"
–dijo burlándose de nuestra noble profesión–
"No libra en el rendez-vous que tenía con nosotras. No esperaba que fuera pusilánime. Quizás lo intuyera."
Di un paso adelante y le dije a esta Hermana:
–"¡Deme usted el recado y yo se lo diré! Está a punto de retirarse por edad y no le gusta hacer noches".
Fue la única vez que la vi reír, mientras de los dientes le goteaba una sustancia etérea incolora.
–"Y tanto que está a punto de que lo licencie la jefatura de picoletos" –insistió todavía desdeñosa y cruel– . . . "¡También La Hora Oscura abre para él la herrumbre de la cancela esmerilada! Es el momento de su muerte."
–"¡¿Quéeeee?!!!! . . . . "–aullé espantado.–
–"Tú verás. Hazle venir. De lo contrario, viajas tú."
En ese momento, dejé de verlas, excepto sus ojos zarcos levitando en el oscuro pasillo sin luz eléctrica.
Fui a la oficina del sargento y levanté el auricular del teléfono. Marqué. Y tal y como pensaba, no tardó nada en cogerlo.
–"Críspulo".
–"Sinesio, tienes que venir".
–"Ya".
–"Pues ¿por qué me peticionaste cambio de turno?"
–"Voy".
Como vivía dentro del casco urbano, no tardó
Nos vimos en la sala de “Guardia de Puertas”.
–"Sinesio, arriba hay por lo menos una monjaca espectral que te busca. Y casi me metes en un lío mortal. Y eso que no creo en estas cosas, pero, ¡mira, las he visto y no puedo negarlo!"
–"Hace décadas, destinado en Bilbao salvé a dos religiosas de un culto casi desaparecido, de un incendio. Les evité un sufrimiento brutal entre llamas en el convento, pero fallecieron poco después en la Casa de Socorro algo más plácidas, no mucho más.. Antes de eso, la más alta, entre estertores me explicó que merecían ambas el castigo del dolor de las llamas, porque ocultas por la pátina del hábito y la salvaguarda de los muros conventuales, llevaban una existencia blasfema y... carnívora....en cierta forma. Pero aún conservaban poderes y aunque ya tenían su justo tratamiento, la redención no había sido completa. Poseían la potestad de lograr que en mi vida trabajara entre mil peligros y camufladamente a los ojos de otros congéneres, sobreviviera siempre. Pero a cambio, más allá del retiro, no iba a gozar de una jubilación divertida y viajera, como todos, vendrían a por mí. Y acepté este episodio de aberración".
Subimos al piso de arriba y allí estaban las pájaras ensotanadas tal como las viera la primera vez.
–"Sinesio, despídete. Y no hagas morritos, que nuestras miserias se juntaron sin querencia por ninguno de nosotros. No hay en esta región un guardia civil más condecorado que tú, por servicios militares en los que otros habrían muerto a lo largo de larga veteranía por destinos variados".
Estuve pensándolo, y era verdad. Los antecedentes militares que obraban en poder del sargento de Sinesio, eran curiosos: Admirables, para ser exactos, parecía que tuviera siete vidas como los gatos.
Sinesio se dirigió hacia la primera (la segunda seguía sin materializarse correctamente) y ella le mordió en la yugular. Y justo entonces, Sinesio se desdibujó ante mis ojos y se mezcló con la segunda sor y su difuminación. Desaparecieron.
Pero la primera no.
–"Críspulo eres".
–". . . . . . . . . . . ."
–"Tú quieres algo Críspulo".
–". . . . . . . . . . . ."
–"Acércate, so “narciso"”
–". . . . . . . . . . . ."
–"¿Estás de acuerdo?"
Y contesté.

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