Leyendas
de mi conticinio
Esta
madrugada
desvelado
por azar
he
sentido la telepatía del gallo mañanero
harto
de mí y las circunstancias orteguianas
y
supe que no iba a ser mi aliado en los despertares
porque
no hago caso más que al Dodo
en
su garita de centellas, allá en El Cosmos.
No
hay veleta en los tejados
ni
en las espadañas de las iglesias
ni
en los derruidos corrales de mi aduar
que
imagine siquiera mis intenciones
ni
ave que emprenda el vuelo conmigo.
Y
es verdad de la buena,
sólo
hago caso al Dodo
el
de La Noche
o
el de Mi Alma
compartiendo
ambos
mirada
vigilante
desde
extasiados puntos del planeta.
Y
me despierta su lenguaje verdadero
aquel
que todavía estoy descifrando
que
ni siquiera intuyo por analogías
pero
que es esencia
cuando
me levanto cada día para disfrutar el mundo
y
jornada tras jornada
clamar
a cornisas y azoteas
¡Buenos
Días a La Tierra!
Sin
embargo
no
es mi anhelo
dehortar
al gallo
minarle
la moral
o
decirle “Es que soy especial”
Todo
esto lo sé por un infantil desvelo
y
la diferencia es que Al Dodo
no
le importa
que
otros alígeros extinguidos
u
otros seres de la criptozoología
toquen
“Diana” para mí
de
cualquier polifónica manera
porque
sabe que yo los contemplo a todos
a
los míticos y a los cotidianos
-como
este enfadado gallo Kirico-
y
que unos y otros
viven
con mayor o menor intensidad
pero
gracias a mí
y
a los chisporroteos bienhumorados
de
mis neuroconectores,
a
la cadencia troppo allegro
de
mi felicidad constante
y
a mi insobornable optimismo.
Pero
sobre todo
a
mi aire independiente
y
a mi existencia excéntrica
y
a mi imaginación auténtica
que
es lo que a la postre,
hace
que El Dodo
siga
velando
por
mí
desde
su
minarete
en
las estrellas.
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